Por: Karen Carrillo, Corporación Justicia y Democracia
La decisión de Abelardo de la Espriella de posesionarse el próximo 7 de agosto en una guarnición militar no es un simple cambio de escenario, es una decisión cargada de simbolismo político que rompe con una tradición republicana en la que el poder civil ha buscado afirmarse por encima del poder militar.
Pero el verdadero significado de esa decisión no está solo en el lugar elegido, está en las palabras con las que el propio presidente electo explicó por qué quiere hacerlo:
“Me voy a posesionar en una guarnición militar. Es un mensaje claro y contundente para los bandidos.”
Al presentar su posesión como un “mensaje” dirigido a unos “bandidos”, la ceremonia deja de ser el acto en el que un presidente asume el gobierno de toda la ciudadanía y pasa a convertirse en una demostración de fuerza frente a un enemigo.
Ese cambio no es menor: si desde el primer día el país se presenta como un escenario de confrontación, la autoridad empieza a medirse por la capacidad de derrotar adversarios, más que por la de garantizar derechos, fortalecer las instituciones o resolver los conflictos dentro del Estado de derecho.
La segunda parte de su intervención refuerza esa idea:
“Los vamos a someter, y aquellos que no quieran someterse al imperio de la ley, tendrán que caer bajo el fuego de las armas del Estado.”
No es solo una promesa de combatir el crimen, es una forma de construir el relato del poder. Palabras como “bandidos”, “someter”, “fuego” y “armas del Estado” crean un lenguaje de confrontación en el que la fuerza ocupa el centro del mensaje.
Por supuesto, el Estado tiene el deber de perseguir el delito y cuenta con el monopolio legítimo de la fuerza – el debate no es ese-, el debate es cuál es el lenguaje que un gobierno elige para presentarse ante el país y cuáles valores decide poner en el centro de su narrativa.
La elección de una guarnición militar y un discurso construido alrededor de la confrontación no son hechos aislados, los símbolos refuerzan las palabras, las cuales le dan sentido a los símbolos, proyectando una idea de Estado en la que la autoridad se comunica, ante todo, a través de la fuerza.
La militarización de un gobierno no comienza necesariamente con tanques en las calles o con decretos de excepción, empieza cuando el lenguaje con el que el poder se presenta al país convierte la fuerza en su principal fuente de legitimidad, organiza la política alrededor de enemigos que deben ser sometidos y desplaza del centro del debate los derechos, las garantías y el poder civil. La elección de una guarnición militar para la posesión presidencial y las palabras que la acompañan anuncian, precisamente, esa forma de entender el ejercicio del poder.
